A veces me despierto y me quedo en la cama, boca arriba, mirando hacia el techo o, a través de la ventana, hacia ese cielo más inmenso que un océano. Pienso en lo que estoy haciendo y me pregunto: ¿por qué seguir aprendiendo? ¿Para qué?, como si lo aprendido en esta vida fuera a servir más allá de esta mera existencia terrenal. ¿Por qué luchar contracorriente? ¿No sería más fácil quedarse en la orilla y esperar a que venga una ola y me arrastre?
Sin embargo, publicar mi primer libro ha hecho renacer en mí las ganas de escribir. Al principio pensé que era casi un sacrilegio que yo publicara algo; después, me di cuenta de que no hay nada que profanar. La literatura es una expresión de libertad: es contar lo que quiero y como quiero. No es algo restringido a unos pocos, ni tiene por qué ser rimbombante e incomprensible. Es la libertad de expresarme y la libertad de que otros lean; sí, que lean con su mirada, que no tiene por qué coincidir con la mía. Es la libertad de interpretar los escritos de mil maneras, de tantas como mentes existen.
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