Tras terminar mi primer máster, me quedé reflexionando sobre lo que significa realmente la formación en nuestra etapa adulta. Mi camino hasta aquí no ha sido sencillo: tras 26 años de experiencia profesional, decidí invertir una cantidad considerable de tiempo, dinero y energía personal para obtener una titulación que acreditara oficialmente mi trayectoria.
Al llegar a la universidad, lo hice con la ilusión de encontrar un espacio de intercambio y actualización. Sin embargo, me encontré con una realidad que, creo, muchos profesionales compartimos: una distancia abismal entre la academia y el mundo real. Es frustrante observar cómo el sistema educativo a menudo prioriza un "saber" teórico y desactualizado sobre la realidad que nos encontramos en las empresas. Muchos de nosotros nos sentimos obligados a navegar este sistema —a menudo burocrático y rígido— no porque busquemos conocimientos teóricos, sino porque el mercado laboral sigue utilizando el título como un filtro obligatorio.
Esta experiencia me lleva a una reflexión necesaria: ¿estamos valorando correctamente la diferencia entre el "saber" y el "saber hacer"?
Mientras que el mundo académico se aferra a menudo a estructuras ancestrales, el mercado laboral valora la capacidad de resolver problemas complejos, la resiliencia y la aplicación práctica de los conocimientos. He visto pasar ante mí currículums impecables y he vivido en primera persona procesos de formación que, lejos de enriquecerme, me agotaron hasta el punto de decidir, en ocasiones, que mi tiempo y mi integridad valían mucho más que un título inacabado.
La creciente relevancia de la Formación Profesional es una respuesta clara a esta carencia. La FP ha sabido poner en valor el "saber hacer", la experiencia y la capacidad de adaptarse a situaciones reales, algo que la universidad aún tiene pendiente integrar.
Hoy, ya con mis títulos en mano, me quedo con una lección aprendida: el sistema tiene sus reglas y, a veces, hay que entrar en ellas para poder jugar. Pero, más allá del diploma, lo que realmente me define como profesional no es un papel, sino la experiencia de más de 26 años aplicando lo que sé y, sobre todo, la libertad de integrar ahora, en mi día a día, las soluciones que sé que funcionan de verdad. No se trata de renegar de la formación, sino de exigir un puente más real entre lo que se enseña y lo que el mundo necesita.
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